Maite Jiménez, sobre traducir «Cantar de Ruodlieb»

«La celebridad a veces llega tarde. Una creación colosal salida de una mente queda desapercibida no se sabe por qué triste azar. Esa obra queda bajo el sudario de la ignorancia universal. Esa obra forma parte de lo que no existe; está igualada por la sombra con la nada. Una glacial denegación de luz pesa sobre ella. […] ¿Cuándo llega la justicia? […] ¿En qué orbita y según qué ley se mueve la posteridad? La sombra es espesa, la cosa inmensa está en esa noche, puede durar siglos. […] De pronto, bruscamente estalla un chorro de luz, da en un cima […]» (1) y eso que ha estado sumido en la oscuridad se vuelve visible. Deslumbradora y cegadoramente a veces; otras, como un resplandor gentil.

El azar, que quizá es otra forma de llamar a los perfectamente calculados movimientos del destino, devolvió la luz en 1803 a un maltrecho manuscrito del último tercio del siglo XI con fragmentos de un desconocido poema épico, escrito en latín, narrando las aventuras de un joven noble llamado Ruodlieb, que emprendía un viaje a tierras lejanas a causa de querellas con sus antiguos señores, y cuyo recorrido lo llevaba a la corte de un sabio rey y a vivir aventuras entre diferentes personajes, siempre dando muestra de sus virtudes. Algo parece haber querido que ese anónimo autor y su obra compartieran con el propio Ruodlieb ese mismo hado: el de tener que aguardar largo tiempo al reconocimiento de sus méritos, únicos y valiosos. Haber tenido que emprender un largo viaje, adelante en el tiempo, para hallar a aquéllos que, como Maite Jiménez Pérez, su traductora al gallego y al castellano, le han dado un lugar de regreso y honor.

Quisiera comenzar preguntándote por tu formación y trayectoria, y cómo llegas a la tarea de traducir el Cantar de Ruodlieb.

Estudié Filología Clásica en la Universidad de Santiago de Compostela y, tras finalizar mis estudios, comencé a dedicarme a la docencia. La traducción vino tarde.

La tarea de traducir el Cantar de Ruodlieb surgió de una manera casual y también algo entrañable: durante la celebración del vigesimoquinto aniversario de nuestra promoción universitaria, uno de los compañeros asistentes nos contó que estaba trabajando en el proyecto de una nueva colección para Rinoceronte editora cuyo objetivo era revitalizar el mundo de los clásicos mediante traducciones a la lengua gallega, y nos ofreció sumarnos a él.

Publiqué primero dentro de esta colección, Vétera, una traducción del Cantar de Valtario y, después, el Cantar de Ruodlieb.

Más adelante, remití unos fragmentos traducidos al castellano a la editorial Siruela y gracias a Julio Guerrero, que aparte de ser un excelente editor es un gran filólogo y una persona con una impresionante sensibilidad hacia las letras, comencé a trabajar en la traducción del texto al castellano.

¿Cómo te condujo la Filología Clásica al mundo medieval?

Siempre me ha apasionado la Edad Media. Centré mis cursos de doctorado en los estudios medievales, con la intención de comenzar una tesis sobre épica medieval. Fue un proyecto que finalmente no acabé llevando adelante pero para el que la traducción ha acabado resultando un perfecto equivalente, puesto que me ha permitido trabajar con mucho disfrute y energía sobre textos medievales escritos en latín.

Creo que realizar una buena traducción implica un profundo trabajo de estudio totalmente comparable al que puede requerir una tesis doctoral. Como tu trabajo aquí hace patente, hay que elaborar un andamiaje muy complejo y minucioso para traducir. No se trata únicamente de afrontar la tarea de conocer el latín que se hablaba en territorio alemán en el siglo XI, sus precedentes e incluso la propia lengua alemana contemporánea. Es preciso estudiar además a fondo los numerosos aspectos históricos que forman el paisaje que circunda a ese texto en traducción.

Realizando traducciones del italiano he podido comprobar que es muy distinto traducir un texto actual que uno histórico.

El primero es un trabajo que, indudablemente, dará su resultado en función del talento y la sensibilidad del traductor pero que, realizado desde un buen conocimiento de la lengua, puede afrontarse sin excesivas dificultades adicionales, ya que se trata de un texto que habla de nuestro mundo, nuestro tiempo, nuestra realidad inmediata. Sin embargo, cuanto más lejano es el texto, más distante en el tiempo, más remoto se vuelve todo en él para nosotros. El compromiso del traductor debe ser mayor, en mi opinión.

Así, el lector que se aproxime a un texto medieval no va solamente a leer dicho texto sino también las explicaciones que el traductor le dé sobre éste, para poder ahondar en su comprensión.

Personalmente, procuro siempre manejarme con cierta modestia a la hora de confeccionar esas explicaciones que ofrecen las notas al pie, que creo que deben ser claras pero sin pecar de exceso de erudición a fin de no alejar demasiado al lector del texto. Hay mucho trabajo hecho para poder llevar a cabo con rigor esa traducción que no se manifiesta. Mi cometido es ofrecer un texto ameno y asequible, que el lector pueda sentir próximo, al que pueda encontrarle un sentido.

Siento devoción hacia el texto en sí y tampoco quiero faltar al respeto a algo que es tradición, pero la literatura hay que disfrutarla, y el lector tiene que gozar con la lectura de estos textos.

Además de esa devoción hacia el texto también es patente tu profunda admiración hacia este autor anónimo.  En tu introducción recalcas la brillantez que reconoces en él. Lo calificas de escritor «inspirado y sagaz, y muy atento al mundo que lo rodea».

Era sobre todo un escritor con mucha imaginación. Hizo un gran despliegue de ella y mezcló también muchas cosas de mundos diferentes, por eso el Cantar es tan entretenido.

Es impresionante la fluidez con la que logró crear una ficción y nutrirla a su vez con toda una abundante cantidad de referencias: a textos clásicos, a la Biblia, cabe suponer también que a la literatura oral y escrita de su propio tiempo, a las costumbres cortesanas y populares y las tradiciones…

El Cantar de Ruodlieb es un producto literario único. No hubo nada parecido, ni antes ni después, pero no gozó del mismo gran éxito que el Cantar de Valtario. Ruodlieb es una obra algo posterior y fue escrita en un momento en el que el latín dejó de ser la lengua prevalente para contar las hazañas de los héroes. En esa época surgieron las cortes medievales y, con ello, el creciente auge de la literatura elaborada en lenguas vernáculas.

Estoy convencida de que si este anónimo autor hubiera escrito en aquel primitivo alemán en lugar de haberlo hecho en latín probablemente la obra hubiera logrado tener fama.

Enfatizas el profundo conocimiento que el autor tenía de su tiempo, de la realidad que lo rodeaba. ¿El mundo que retrata es una idealización, particularmente en lo relativo a la vida cortesana y caballeresca, o es un reflejo más o menos fidedigno de esa realidad de su época que, como has mencionado, era un mundo que se encontraba en plena transición hacia otro?

Creo que el autor quería ser moderno. Quería retratar una sociedad que estaba avanzando pero, insisto, escogió la lengua equivocada. Si hubiera escrito este texto en provenzal, en francés o en alemán (que presumo que debía ser su lengua materna), la obra hubiera tenido una mayor repercusión ya que en ella avanzó elementos que tardarían cincuenta años en volver a aparecer en un texto literario. En Ruodlieb puede detectarse claramente el germen del amor cortés, por ejemplo.

Señalas también que es la primera vez que aparece una escena donde se juega al ajedrez; un rasgo que, como indicas, sería reflejo de esa voluntad del autor por retratar un mundo moderno. ¿Hay entonces una especie de desencuentro entre el logro de retratar ese mundo avanzado y la lengua en que el autor compuso su texto?

Así es. El latín dejó de ser la lengua para la poesía épica. Aún se empleó un tiempo más para la poesía amorosa, pero inmediatamente fue sustituido por las lenguas vernáculas.

Se conserva un manuscrito que contiene las dos terceras partes de la que debió ser la extensión total del poema, presumiblemente unos cuatro mil hexámetros con rima leonina. El manuscrito conservado se encuentra en muy mal estado: fue deshecho en el siglo XV y reutilizado como material de encuadernación.

Lo conservado se reduce a dieciocho folios sueltos. Se conserva en la Staatsbibliothek de Múnich, catalogado como Codex Latinus Monacensis 19486; y cito al profesor Gamberini: «Está en una caja».

El manuscrito fue maltratado: contiene manchas de tinta, fue recortado, perdió su color, y luego utilizado como material de encuadernación. La calidad del pergamino era baja. Cabe deducir que el motivo fue que no se lo consideraba una obra de valor o bien que, en un momento dado, fue imprescindible disponer de soporte para copiar un texto o encuadernar otro. Luego, se aplicaron agentes químicos para volverlo legible, y así se explica su ruina.

Muchas obras literarias de la Antigüedad y la Edad Media han corrido la misma suerte. La escasez de medios ha obligado a sacrificar mucha literatura.

Fue redescubierto por Bernhard Joseph Docen, bibliotecario de la Staatsbibliothek, en la abadía de Tegernsee en 1803. Docen dio anuncio de su hallazgo y Johann Andreas Schmeller, su sucesor en el cargo, continuó su labor, agregando a esos pergaminos otros  que aparecieron en la abadía de Sankt Florian (Austria) y, posteriormente, otros hallados en otro códice procedente también de Tegernsee que se conservaba en una biblioteca privada. En 1985, Benedikt Konrad Vollmann identificó un pergamino más y publicó una nueva edición. Tu traducción sigue el texto latino de la edición crítica realizada por Roberto Gamberini en 2003.

Puedo imaginar lo emocionante que debió ser para Docen descubrir de repente un material absolutamente inédito. Me fascina esa generación de filólogos, arqueólogos, científicos alemanes del siglo XIX: personas enteramente dedicadas a estudiar y que tenían un profundo conocimiento del alemán antiguo, latín, griego, sánscrito…

Docen lo publicó inmediatamente y ya, posteriormente, se comenzaron a hacer más indagaciones. Se hallaron nuevos fragmentos y Vollmann, otra figura interesante (fue miembro de la orden benedictina, que abandonaría para entrar en la vida laica), realizó una edición legible y un estudio exhaustivo sobre su lengua. Posteriormente, Roberto Gamberini (que fue alumno de Vollmann) elaboró la que podemos considerar edición definitiva.

Estoy muy agradecida al profesor Gamberini, un medievalista importantísimo y también un gran traductor, por toda la generosidad con que me recibió en la Sociedad para el Estudio del Medioevo Latino en Florencia, facilitándome gran cantidad de bibliografía. Estuve un mes trabajando allí, algo que considero un privilegio impresionante.

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Comparas a Ruodlieb con Eneas porque ambos son individuos que, al comienzo de su viaje y las aventuras que viven en él, ya poseen abundantes virtudes y destrezas. Ruodlieb, que nos es presentado como un hombre «de miembros fuertes y rostro viril, que hablaba en voz alta, serio en la respuesta», no sólo es un caballero intachablemente honesto: es también un cortesano elegante y culto, con excelentes dotes diplomáticas, un buen cazador y pescador, posee dotes musicales… 

El viaje de Ruodlieb no es un periplo de aprendizaje y evolución, de crecimiento interior, sino que es un viaje cuyo propósito es lograr una redención. Lo emprende huyendo de las enemistades que se ha granjeado a causa de la servidumbre que ha procurado a varios señores. 

Para entender el sentido de su viaje son importantes los conceptos de honor y honra. El honor son esos valores propios que están en el interior del individuo, como la generosidad, la lealtad, la fidelidad…, valores que quizá hoy se consideran obsoletos, mientras que la honra es el reconocimiento de nuestro honor por parte de los demás, de la sociedad. Esos dos conceptos son el viaje de Ruodlieb.

Ya posee honor: es un individuo formado, una persona honorable; pero también es importante que adquiera honra y riqueza, un reconocimiento de su valía, y encontrar su sitio en la vida.

Creo que eso constituye un anhelo muy humano: todos deseamos poder sentir el reconocimiento de nuestros semejantes. Todos nosotros, yo misma como traductora, deseando que la tarea que he llevado a cabo reciba un reconocimiento, anhelamos eso mismo. Ruodlieb logra conseguir para sí ese reconocimiento, desprenderse de la infamia que representaban esas que pesaban querellas contra él, y gracias a su esfuerzo y honestidad, consigue honor, honra y gloria. Y riqueza, no olvidemos los tesoros ocultos en esos panes que recibe al despedirse del Rey Mayor.

En concreto, esos panes que guardan riquezas me recordaron a los que aparecen en un antiguo cuento popular mallorquín, (2) en el que – al igual que Ruodlieb un hombre escoge recibir del rey (en este cuento es el rey Salomón) consejos de sabiduría antes que riquezas.  Me pregunto si esos panes constituyen un elemento simbólico antiguo, aunque es evidente, y así lo haces constar, que el pan tiene un protagonismo muy importante en muchos rituales domésticos y públicos en la cultura germánica de ese tiempo.

Efectivamente, en el mundo germánico el pan es muy importante y su protagonismo en Ruodlieb es enorme: aparece el pan que se ofrece al mensajero portador de noticias, el pan de la despedida, el pan que se reparte entre los pobres, comparable al de la eucaristía… También uno de los personajes que aparecen, en concreto en la casa del marido anciano con la joven esposa, es precisamente un panadero. El tema del pan culmina en esos panes rellenos de riquezas.

Y, dentro de la historia, el fallido romance de Ruodlieb con una dama es atribuible al hecho de haber desobedecido la orden que el rey le dio al partir, respecto al orden en que debía abrir los panes.

Lo más hermoso de ese episodio en concreto es el “Saludo de amor”, que constituye además un fragmento de traducción difícil porque está salpicado de palabras en alemán antiguo.

En este momento estoy traduciendo lírica en latín escrita en territorio alemán y encuentro poemas que plantean ciertas complicaciones en los que, como en Ruodlieb, aparecen palabras completamente nuevas que, décadas después, comenzarían a ser ya utilizadas por los trovadores.

Esa presencia de elementos o escenas que en otros textos aparecen más ligados a lo maravilloso pero que aquí el autor mantiene dentro del territorio de la realidad es un rasgo a destacar del Cantar de Ruodlieb. Pienso en ese hecho de que Ruodlieb sepa imitar el sonido de las aves (algo que en otros relatos se concreta en ese héroe que entiende el lenguaje de los animales, presentada como una cualidad que lo liga a lo sobrenatural) o también en esa graja amaestrada para hablar que anuncia su retorno.  Lo particular es cómo, aún aferrando estos hechos en el territorio de lo real, el autor logre hacer resplandecer en torno a ello una belleza encantadora, que puede percibirse similar a esa que habita en lo maravilloso.

En ese fragmento final incompleto Ruodlieb se encuentra con un enano. En los relatos son figuras siempre asociadas a tesoros que para ser conseguidos a veces requieren de algún tipo de prueba iniciática. Creo que quizá es una aventura que concluyó con Ruodlieb consiguiendo la mano de alguna dama noble…

En la estructura del texto tiene especial importancia el momento en el que el Rey Mayor formula sus doce preceptos de sabiduría. Por un lado, sorprende el hecho de que haya algunos de ellos que conciernan a elementos totalmente mundanos, quizá más útiles o presentes en la vida de un campesino que en la de un rey.

Son preceptos muy similares a los que pueden encontrarse en libros de sabiduría y proféticos del Antiguo Testamento, como por ejemplo los Proverbios de Salomón o el Libro de Isaías. Eran fórmulas para aproximar la sabiduría y enseñar cuál era la conducta honorable y la moral a personas iletradas. En esos doce preceptos del Rey Mayor hay mucho de sabiduría bíblica. Se habla de elementos absolutamente cotidianos y propios de una comunidad dedicada a la agricultura y al pastoreo: los carneros, las tierras de labranza, la lluvia, la cosecha…

Por otro lado, es un fragmento a partir del cual se articulan los siguientes acontecimientos posteriores del relato, una vez ha abandonado Ruodlieb la corte, de manera que esa sabiduría que contienen en ellos adquiere una expresión concreta.

Al comienzo de algunas historias el autor nos ofrece el esqueleto de la narración. Anticipa qué va a suceder, hay en ello algo de oráculo, algo que concuerda con esa figura sabia y magnánima del Rey Mayor.

Es un recurso habitual encontrar en relatos y películas fantásticas. Aparecen elementos que constituyen una especie de flash-forward de lo que va a acontecer al héroe. Así, aquí en Ruodlieb, tan pronto aparece el hombre pelirrojo, gracias al aviso del Rey, el lector ya sabe que se trata del villano.

¿Cabe pensar que, recurriendo a la creación de esta figura de un rey de enorme sabiduría y grandeza, puesto que Ruodlieb recupera su honra tras estar a su servicio, estuviera también siendo la formulación de un ideal político de monarca?  ¿E, indirectamente, reivindicando y legitimando una estructura social jerárquica, culminada en la figura del rey, cuya fuente de autoridad es su elevado valor moral? Ligaría esto a tu anterior comentario respecto al hecho de que el Cantar de Ruodlieb se escribe en un momento de transiciones políticas y culturales.

Es posible que gran parte de los personajes que aparecen en Ruodlieb estén basados en algún referente histórico. Se ha querido ver al Rey Mayor como una metáfora del emperador Enrique III. Tampoco puede descartarse que el autor hubiera sido miembro de su corte o que tuviera noticias sobre su comportamiento político.

En el relato, Ruodlieb es un personaje al que se le ofrece una oportunidad que sabe aprovechar, algo que, de nuevo, es algo que puede transponerse a nuestras vidas. Es un héroe, pero es también una persona humana común. Ante la oportunidad que se le brindó gracias a su encuentro casual con el cazador, Ruodlieb respondió llegando con humildad a la corte, acompañado de su perro, y logró llegar a destacar, a brillar demostrando su valía. Gracias a la figura de este rey puede poner de manifiesto todas esas cualidades que él ya intrínsecamente poseía. Así es como yo lo interpreto.

Hay toda una serie de elementos mundanos, cotidianos, que nos hacen muy cercano todo lo que sucede en Ruodlieb. En este sentido, la obra se aleja del género épico elevado.

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Además de la figura del Rey Mayor, podría plantearse que la otra más alta figura de autoridad para Ruodlieb es la de su madre.  

Un aspecto que me llama la atención es el aparente enorme complejo de Edipo que éste parece tener.

Cabe pensar que el autor estuviera reflejando un aspecto del funcionamiento social de su época: el de la mujer viuda que debe acabar acatando la autoridad de una figura masculina, en este caso su hijo. Y pudiera pensarse que ese viaje en pos del honor tuviera también que ver con la necesidad de Ruodlieb de convertirse en una figura honorable para ejercer esa autoridad, algo interpretable como un sentido de deuda y respeto hacia las estructuras sociales de su tiempo planteado por el autor.

Mi impresión es que, psicológicamente, Ruodlieb ha sido una persona cuya madre ha mantenido en una minoría de edad. Su partida no es una ruptura sino que está motivada por esos problemas de enemistades y constantemente desea el regreso. A mi parecer, esto es reflejo de un profundo complejo de Edipo. Él reconoce constantemente su autoridad, por ejemplo, cuando regresa a casa, le cede a ella la cabecera de la mesa.

La madre tiene ese sueño premonitorio sobre el destino de Ruodlieb que, al estar incompleta la obra, ignoramos hacia qué desenlace lleva. Pero vemos que el autor sitúa en la figura materna ese anuncio, esa prefiguración.

En los códigos de la época el clan familiar era importantísimo. Es muy seguro que el concepto de la madre se entendiera como una figura extremadamente protectora, tanto del patrimonio familiar como de sus vástagos. Sin duda, en la configuración de esa figura materna hay elementos arcaicos propios del mundo germánico y que, como la obra pone de manifiesto, aún pervivían en la época en que fue escrito Ruodlieb.

En general la intervención o presencia subliminal de las mujeres a lo largo del relato es muy interesante. El autor las presenta dotadas de cualidades fuertes  valiosas, de unos ciertos criterios de independencia, pero el desarrollo de sus respectivas historias pone de manifiesto que en su adecuación a las normas establecidas de normas de dignidad y respetabilidad moral descansa su verdadera valía, así como el mantenimiento de un adecuado orden social.

Todas las mujeres que aparecen son figuras femeninas atractivas, poseedoras de una gran firmeza de carácter y de su propio protagonismo. No son frágiles damiselas. La castellana, la dominella, la mujer madura casada con un hombre joven, la esposa adúltera que se arrepiente de su deshonestidad, la joven inteligente con la que contrae matrimonio el sobrino de Ruodlieb… Son personajes con espesor.

Esto no impide que debamos ir con cautela a fin de no ver necesariamente en ellas señales de una emancipación femenina equivalentes a nuestros términos contemporáneos ya que, en aquella época, ésta no existía. Debemos leer esas manifestaciones dentro de los códigos y el contexto de aquel tiempo. Pese a ese breve discurso que la novia pronuncia durante la ceremonia de la boda al que va a ser su marido, diciéndole que no tolerará que le exija una fidelidad que él no está dispuesto a retribuir en igualdad, esa emancipación era impensable. La sociedad medieval era patriarcal. En ella lograron brillar algunas mujeres que fueron absolutamente extraordinarias y que pudieron firmar con su nombre como Hildegard von Bingen, Christine de Pisan, María de Francia…, pero al común de las mujeres no se les ofreció esa misma oportunidad de ser extraordinarias. Aunque, insisto, no se trata de que usemos aquí el término ‘machismo’, porque no es extrapolable a aquella época con el sentido que hoy le otorgamos.

Has mencionado algunos pasajes que te parecen especialmente significativos, ¿qué otros fragmentos del Cantar de Ruodlieb destacarías en particular?

Me parecen encantadoras las escenas de danza, los juegos de los enamorados, la partida de ajedrez y la descripción de los animales exóticos que regala el Rey Menor al Rey Mayor: el lince, los osos que saben bailar, el cercopiteco, etc.; también las descripciones de las joyas y de los vestidos.

Un pasaje que me cautivó especialmente es el que relata cuando Ruodlieb y su sobrino se bañan, afeitan, se visten con las mejores galas y van al encuentro de las damas, que estaban en la veranda mirando. Es un estado improductivo que me parece novedosísimo.

Ruodlieb y su sobrino fueron a su cuarto a descalzarse.

Él procuró enfajar las piernas con unas bandas

compradas en Lucca para que los calzones no se le

aflojaran.

Sobre las polainas calzó unos zapatos de seda

y los ató con unos cordones también de seda.

Su pariente llevaba medias rojas

Con zapatos de cordobán repujado.

Se vendó las dos piernas con unas ligas iguales

Que estaban todas adornadas por el borde con una orla

y de ellas pendían todo alrededor muchos pompones.

A continuación, el caballero más veterano vistió una pelliza

De pelo de marta

que por delante, por detrás y todo alrededor era jaspeada.

Su pariente también se puso un abrigo largo de piel

orlado de un pelamen de castor muy ancho y negro.

Cogió el anillo que su madre le había regalado

y que ahora no le servía bien casi ni en el meñique.

Sobre la camisa sucia que se había quitado echó

el abrigo de marta oscurecido por la vejez y por el sudor.

Cuando estuvieron acicalados fueron enseguida al

encuentro de las damas.

Las encontraron en la balaustrada mirando. (Fragmento X, vv.114-135)

Este es el mundo cortés, que ha descubierto algo maravilloso: el ocio. No todo es oscuridad en la Edad Media, hay muchas luces.

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Cantar de Ruodlieb, Siruela, Madrid, 2019. [Traducción del latín, introducción y comentarios de Maite Jiménez Pérez.]

 


(1) Victoria Cirlot (ed.), Victor Hugo, El promontorio del tiempo, Siruela, Madrid, 2007, pág. 40.

(2) «Los consejos del rey Salomón» en Ulf Diederichs (ed.), El palacio de los cuentos. Libro quinto, Círculo de Lectores, Barcelona, 1996, págs.9-16. [Traducción: Anna Venancio Castells.]


 

Imágenes:

1. Wolfram von Eschenbach, Parzival, Bayerische Staatsbibliothek,  BSG Cgm 19, siglo XIII.

2 y 3. Fragmenta poematis ‘Ruodlieb’, quae Schmellerus edidit in ‘Lateinische Gedichte’, Bayerische Staatsbibliothek, BSB Clm 19486, siglos X-XI.

4. Retrato de Maite Jiménez Pérez.